La experiencia cotidiana fue también una forma de aprendizaje. La comida ocupó un lugar central: la armonía entre colores, texturas y sabores, la elección de las vajillas y la disposición de los alimentos en la mesa revelaron una relación entre estética y vida diaria que amplió la comprensión de la cultura visual japonesa más allá de los espacios expositivos tradicionales.
Además, este in situ permitió una aproximación a otras posibilidades de entender el arte y la historia del arte, distintas a las tradiciones euro-norteamericanas. Esta experiencia abrió preguntas, comparaciones y discusiones que enriquecieron la mirada crítica de los participantes y ampliaron sus marcos de referencia.